La epilepsia se diagnostica en pacientes que experimentan dos o más crisis no provocadas (crisis que ocurren en ausencia de fiebre u otras causas agudas reversibles). Si bien la presentación clínica de las crisis recurrentes no provocadas es la base principal para el diagnóstico, son esenciales investigaciones adicionales para guiar el tratamiento e identificar la etiología subyacente. Estas suelen incluir la electroencefalografía (EEG) para evaluar la actividad eléctrica cerebral. Además, un médico puede considerar necesario realizar una tomografía computarizada (TC) o una resonancia magnética (RM) cerebral para investigar posibles causas estructurales de las crisis. En circunstancias específicas, como antecedentes familiares de epilepsia, padres consanguíneos, características físicas únicas u otros hallazgos significativos durante el examen, también podrían ser necesarias pruebas especializadas de sangre y orina.