Para el diagnóstico de úlceras, después de las evaluaciones clínicas y de laboratorio iniciales, la endoscopia gastrointestinal superior (gastroscopia) se considera el estándar de oro. La gastroscopia permite la visualización directa de las úlceras, la toma de biopsias para evaluar cambios microscópicos en la mucosa y la detección de Helicobacter pylori. Si H. pylori está presente, se inicia una terapia antibiótica dirigida. Además, se prescriben medicamentos supresores de ácido. En casos de úlceras sangrantes, se pueden aplicar métodos de tratamiento endoscópico durante la gastroscopia para detener el sangrado.

El tratamiento generalmente implica medicamentos supresores de ácido, como los bloqueadores de receptores H2 y los inhibidores de la bomba de protones (IBP), y, si se detecta Helicobacter pylori, una terapia antibiótica específica. Reducir la producción de ácido estomacal alivia los síntomas y permite que la úlcera cicatrice.

La mayoría de las úlceras sanan con medicamentos. Las intervenciones quirúrgicas, como la vagotomía (cortar el nervio vago para reducir la secreción de ácido y pepsina), rara vez se realizan hoy en día debido a su naturaleza invasiva y su potencial de complicaciones, incluida la recurrencia. La cirugía también puede ser necesaria para complicaciones graves como hemorragias persistentes, estenosis (estrechamiento/obstrucción) o perforación.

Las úlceras pueden ser crónicas y recurrentes, impactando significativamente la calidad de vida de un paciente. Si bien el tratamiento adecuado generalmente conduce a la curación, una dieta saludable también puede apoyar la recuperación.