El tratamiento de conducto implica la creación de una cavidad de acceso en la corona del diente para alcanzar el sistema de conductos radiculares. Dentro de este sistema, la pulpa infectada o dañada (que contiene nervios, vasos sanguíneos y tejidos conectivos) se retira cuidadosamente. La cámara pulpar y los conductos radiculares se limpian y desinfectan a fondo. Posteriormente, el espacio vacío se rellena con un material biocompatible, típicamente gutapercha, y la cavidad de acceso se sella con un empaste permanente o una corona. La duración del tratamiento puede variar según la extensión de la infección. Se pueden usar empastes temporales hasta que la infección esté completamente resuelta. Cada diente tiene un número único de conductos radiculares. Cuando la caries llega a la pulpa, es crucial que todos los conductos presentes sean tratados. Generalmente, los incisivos ubicados en la parte frontal de la boca suelen tener un conducto, los premolares a menudo tienen dos, y los molares pueden tener de tres a cuatro conductos. Sin embargo, el número exacto de conductos puede variar de persona a persona. Aunque cada raíz suele contener al menos un conducto, a veces pueden estar presentes conductos accesorios.