El diagnóstico del cáncer de pulmón generalmente comienza con la detección de una masa o una apariencia sospechosa en una radiografía de tórax. Se evalúan detalladamente el historial médico del paciente, el consumo de productos de tabaco (cigarrillos, pipas, puros, etc.), las exposiciones ambientales o laborales y los antecedentes familiares de cáncer. En casos de sospecha de cáncer de pulmón, el médico puede solicitar una citología de esputo (examen microscópico del material obtenido de la mucosa bronquial mediante una tos profunda). Esta prueba es un método de cribado simple y útil para detectar células cancerosas. Para un diagnóstico definitivo, es necesario el examen del tejido pulmonar (biopsia). Esto es de vital importancia para determinar el tipo de cáncer (de células pequeñas o no pequeñas) y su propagación (metástasis) o etapa. La forma de acceder a la masa se determina generalmente bajo la guía de una tomografía computarizada (TC), utilizando métodos como la biopsia con aguja fina o la broncoscopia. El diagnóstico de cáncer de pulmón se confirma tras el examen patológico del material de la biopsia. Si la enfermedad se ha extendido a otros órganos, también se pueden tomar biopsias de estos órganos para apoyar el diagnóstico. Una vez diagnosticada, la enfermedad se estadifica. El cáncer de pulmón es un tipo de cáncer no incluido en los programas actuales de cribado de cáncer, por lo que su detección temprana (antes de que se extienda a los ganglios linfáticos u otros órganos) es rara. La probabilidad de detectar la enfermedad en una etapa temprana es aproximadamente del 15%. Aunque la tasa de supervivencia a 5 años para los casos que no se han extendido a los ganglios linfáticos es del 50%, esta tasa suele caer por debajo del 15% porque, en el momento del diagnóstico, la enfermedad a menudo ya se ha extendido a órganos cercanos fuera del pulmón. El diagnóstico temprano suele ocurrir de forma incidental durante los chequeos de rutina o los exámenes realizados por otro problema de salud.