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Una reacción alérgica ocurre cuando el sistema inmunológico reacciona de forma exagerada a una sustancia extraña normalmente inofensiva. Esto puede manifestarse con diversos síntomas como secreción ocular, picazón, estornudos, secreción nasal, congestión, dificultad para respirar, sibilancias, calambres abdominales, náuseas, diarrea, desmayos, sensación de malestar, erupciones cutáneas con picazón e hinchazón. Identificar el alérgeno específico que causa estos síntomas a menudo puede ser un desafío para las personas. Para determinar objetivamente el alérgeno culpable, se suelen realizar pruebas cutáneas, correlacionándolas con los síntomas reportados por el paciente. En los casos en que las pruebas cutáneas no son factibles debido a diversas razones, se utilizan análisis de sangre para identificar el alérgeno responsable. Una vez que se diagnostica una enfermedad alérgica y un alergólogo especialista identifica el alérgeno causante, y se toma la decisión de inmunoterapia (vacunación contra la alergia), se desarrolla un plan de tratamiento personalizado en colaboración con el paciente. Es crucial que el tratamiento con la vacuna comience cuando el paciente esté relativamente sano y la enfermedad alérgica no esté en una fase activa de brote. La inmunoterapia funciona exponiendo gradualmente al individuo a dosis muy pequeñas del alérgeno al que es sensible, entrenando eficazmente el sistema inmunológico para que lo tolere. La fase inicial del tratamiento suele durar entre 6 y 16 semanas, ajustándose en función del alérgeno específico, las condiciones médicas coexistentes y el estado inmunológico del paciente. Durante esta fase inicial, la vacuna se administra generalmente una vez por semana. La fase de mantenimiento, que sigue, requiere una administración mensual durante un período de tres años. Aunque comúnmente se administra como una inyección en el brazo, la inmunoterapia también está disponible en formas orales como gotas o tabletas.