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La roséola (Roseola infantum) es una enfermedad contagiosa; sin embargo, no tiende a causar epidemias generalizadas como el coronavirus o el sarampión. La enfermedad se transmite a través de gotitas que una persona infectada dispersa al toser, estornudar o hablar. También puede propagarse mediante el uso de objetos compartidos (como vasos de agua, tenedores o cucharas) que hayan estado en contacto con secreciones infectadas. Tocar superficies contaminadas y luego tocarse la boca o la nariz sin lavarse las manos es también una vía de transmisión. La enfermedad es contagiosa incluso antes de que aparezca la erupción, cuando solo hay fiebre. Aunque afecta principalmente a los niños, raramente puede verse en adultos; esto generalmente se relaciona con que el adulto no haya contraído la enfermedad en la infancia y, por lo tanto, no haya adquirido inmunidad. Cumplir con las normas generales de higiene, especialmente el lavado frecuente de manos y la observación del distanciamiento social, es importante para protegerse contra la roséola.