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Tras una pérdida de peso significativa, la reducción del tejido graso subcutáneo puede disminuir el aislamiento natural del cuerpo, lo que provoca una mayor sensación de frío. Esta sensación de escalofrío puede producirse independientemente de la temperatura ambiente, incluso durante los meses más cálidos. Sin embargo, esto es típicamente un fenómeno temporal. A medida que el cuerpo se adapta a su nuevo peso, esta sensación de frío suele desaparecer con el tiempo.